Hace unos 34 millones de años, la Antártida empezó a transformarse en el gigantesco desierto helado que conocemos hoy. Lo hizo cuando la Tierra era todavía mucho más cálida que en la actualidad y, lo más desconcertante, mientras el Ártico seguía prácticamente libre de grandes capas de hielo. Esa diferencia temporal, que ha intrigado a los científicos durante décadas, acaba de encontrar una nueva explicación que no mira al cielo, sino a cientos de kilómetros bajo nuestros pies.
Ahora, una investigación internacional publicada en la revista Science aporta una respuesta que obliga a mirar mucho más abajo de la superficie terrestre. Tal y como ha revelado el estudio dirigido por investigadores de la Universidad de Southampton, la clave no estuvo únicamente en la atmósfera, sino también en el interior del planeta. Según sus conclusiones, una serie de procesos geológicos iniciados mucho antes elevaron lentamente el relieve de la Antártida oriental, creando las condiciones ideales para que la nieve pudiera sobrevivir durante todo el año y acabara transformándose en la mayor masa de hielo existente en la actualidad.
El trabajo propone que la historia del hielo antártico comenzó en realidad millones de años antes de que aparecieran los primeros glaciares permanentes. Su origen habría estado ligado a la fragmentación del antiguo supercontinente Gondwana, cuando África y la Antártida iniciaron su separación durante el Jurásico. Aquella ruptura continental desencadenó una reacción en cadena en las profundidades del manto terrestre cuyos efectos tardaron más de cien millones de años en hacerse visibles sobre la superficie.
La conclusión resulta especialmente llamativa porque demuestra hasta qué punto la evolución del clima puede depender de procesos geológicos extremadamente lentos. Lo que ocurrió bajo la corteza terrestre hace más de 170 millones de años terminó condicionando el aspecto que tendría el planeta decenas de millones de años después.
Un continente que fue elevándose poco a poco
El equipo científico reconstruyó mediante modelos informáticos cómo evolucionó el paisaje de la Antártida oriental durante un periodo de unos cien millones de años. Sus simulaciones muestran que, tras la separación entre África y la Antártida, comenzaron a propagarse bajo el continente unas enormes perturbaciones en el manto terrestre conocidas como «ondas del manto».
Se trata de movimientos extremadamente lentos de las rocas calientes situadas a cientos de kilómetros de profundidad. Aunque imperceptibles a escala humana, estas ondas son capaces de modificar gradualmente la superficie continental, elevando regiones enteras durante millones de años.
Tal y como indica la investigación, ese proceso fue levantando progresivamente una inmensa meseta interior, una escarpadura costera de unos dos kilómetros de altura y las montañas Gamburtsev, una cordillera completamente oculta hoy bajo entre uno y tres kilómetros de hielo.
A simple vista podría parecer un cambio poco relevante, pero en climatología unos pocos cientos de metros pueden marcar una enorme diferencia. A medida que aumenta la altitud, la temperatura desciende de forma constante. Cuando aquellas montañas comenzaron a superar aproximadamente los dos kilómetros de altura, la nieve dejó de fundirse completamente durante los veranos y empezó a acumularse año tras año.
Ese pequeño cambio fue el punto de partida para el nacimiento de los primeros glaciares permanentes del continente.
La separación entre África y la Antártida, iniciada hace unos 170 millones de años, desencadenó procesos geológicos que elevaron lentamente el continente y prepararon el terreno para la formación de la mayor capa de hielo de la Tierra.
El papel decisivo de las montañas enterradas bajo kilómetros de hielo
Uno de los protagonistas de esta historia son precisamente los montes Gamburtsev, una cadena montañosa prácticamente desconocida porque permanece sepultada bajo la enorme capa helada de la Antártida oriental.
Paradójicamente, se trata de una de las cordilleras más importantes del planeta para comprender la evolución del clima terrestre. Los investigadores sostienen que, hace unos 45 millones de años, buena parte de estas montañas ya había alcanzado la altitud necesaria para favorecer la acumulación estable de nieve.
A partir de ese momento comenzó un proceso que se alimentó a sí mismo. Cuanta más nieve permanecía durante el verano, mayor era el espesor del hielo. Y cuanto mayor era la superficie helada, más radiación solar reflejaba hacia el espacio.
Ese fenómeno, conocido como efecto albedo, provocó un enfriamiento adicional que favoreció todavía más el crecimiento de los glaciares. Poco a poco, las masas de hielo descendieron desde las zonas montañosas hasta cubrir enormes extensiones del continente.
El estudio calcula que este mecanismo contribuyó incluso a reducir la temperatura media global en torno a un grado centígrado, aunque ese descenso todavía no fue suficiente para desencadenar una glaciación similar en el hemisferio norte.
Por qué el Ártico tuvo que esperar millones de años más
La diferencia entre ambos polos constituye uno de los aspectos más interesantes de la investigación.
Durante mucho tiempo se asumía que el descenso del CO₂ era suficiente para explicar la aparición de las grandes capas de hielo. Sin embargo, si esa hubiera sido la única causa, ambos hemisferios deberían haber reaccionado de manera parecida.
Según plantea el trabajo, la gran ventaja de la Antártida fue puramente geológica. Mientras su relieve se elevaba lentamente gracias a los procesos del manto terrestre, las regiones próximas al Ártico seguían siendo mucho más bajas. Aunque el clima global también se estaba enfriando, las temperaturas en esas zonas continuaban siendo demasiado elevadas para mantener nieve permanente durante todo el año.
Solo millones de años después, cuando el planeta experimentó un enfriamiento adicional y se combinaron otros cambios climáticos y oceánicos, comenzaron a desarrollarse las grandes capas de hielo del hemisferio norte.
La investigación ofrece así una explicación coherente a una de las grandes asimetrías de la historia climática del planeta.

Los investigadores reconstruyeron la historia del paisaje antártico mediante modelos geológicos que abarcan más de 100 millones de años de evolución continental.
Una nueva forma de entender el origen de las edades de hielo
Las conclusiones del estudio no cambian únicamente la historia de la Antártida. También modifican la forma en la que los científicos interpretan el origen de las grandes glaciaciones terrestres.
Tradicionalmente, la atención se ha centrado casi exclusivamente en la evolución de la atmósfera y en la concentración de gases de efecto invernadero. Sin embargo, este trabajo demuestra que la geología también puede preparar el terreno durante millones de años antes de que el clima alcance el punto crítico necesario para que aparezcan enormes masas de hielo.
Tal y como ha adelantado el equipo responsable del estudio, el interior de la Tierra actúa como un arquitecto silencioso que remodela lentamente los continentes y condiciona cuándo y dónde pueden producirse grandes cambios climáticos.
Los investigadores consideran que comprender estos mecanismos resulta fundamental no solo para reconstruir el pasado del planeta, sino también para interpretar cómo evolucionan los grandes sistemas climáticos.
Además, recuerdan que la formación de una capa de hielo requiere una combinación muy específica de factores geológicos y climáticos desarrollados durante millones de años. En cambio, su desaparición puede producirse en un intervalo mucho más corto si las temperaturas aumentan de forma sostenida.
Por ello, aunque el estudio se centra en acontecimientos ocurridos hace decenas de millones de años, también ofrece una perspectiva valiosa sobre la extraordinaria complejidad del sistema climático terrestre y sobre la estrecha relación que existe entre los procesos que ocurren en las profundidades del planeta y los cambios que terminan transformando por completo su superficie.
Referencias
- Thomas Gernon et al, Continental breakup-driven uplift instigated East Antarctic Ice Sheet formation, Science (2026). DOI: 10.1126/science.adz6758
Fuente informativa
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