Un equipo de científicos ha confirmado que el impacto del asteroide que extinguió a los dinosaurios hace 66 millones de años estuvo acompañado por una gigantesca proliferación mundial de hongos, un fenómeno biológico que podría haber comenzado incluso 30.000 años antes de la colisión. El hallazgo, publicado en la revista PNAS, sugiere que la Tierra atravesó una larga fase de colapso ecológico antes y después del evento que borró a los dinosaurios del mapa.
Los investigadores Rosanna P. Baker y Arturo Casadevall, de la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health, analizaron sedimentos fósiles de Colorado y Dakota del Norte y encontraron algo inesperado: los hongos ya estaban expandiéndose masivamente antes del impacto del asteroide. Y después del choque, el fenómeno se disparó todavía más.
Los hongos no aparecieron solo después del desastre: el estudio indica que comenzaron a expandirse miles de años antes, coincidiendo con un planeta ya debilitado por cambios climáticos extremos.
La imagen que aflora es inquietante. Un planeta oscurecido por cenizas, incendios y un invierno global donde millones de toneladas de materia orgánica muerta alimentaron una auténtica edad dorada para los hongos. Mientras los dinosaurios desaparecían, los descomponedores conquistaban la Tierra.
Un planeta cubierto por hongos antes del fin de los dinosaurios
Este nuevo trabajo cambia por completo la visión científica sobre las explosiones fúngicas del final del Cretácico. Hasta ahora, para esa época solo existían indicios aislados encontrados en Nueva Zelanda.
Baker y Casadevall utilizaron un método sin ácidos agresivos que permitió conservar esporas diminutas normalmente destruidas en los análisis tradicionales. Ese detalle técnico resultó decisivo para reconstruir el fenómeno.
La clave del descubrimiento no estuvo solo en los fósiles encontrados, sino en la técnica utilizada: las esporas más pequeñas habían desaparecido en estudios anteriores por culpa de métodos químicos demasiado agresivos.
Los sedimentos revelaron tres grandes picos de proliferación fúngica relacionados con momentos de estrés climático extremo. El primero comenzó entre 30.000 y 10.000 años antes del impacto del asteroide Chicxulub.
Los autores relacionan ese primer pico con las gigantescas erupciones volcánicas de las Trampas del Decán. Aquellas erupciones expulsaron enormes cantidades de dióxido de azufre y cenizas a la atmósfera.
El enfriamiento climático alteró ecosistemas enteros y creó condiciones ideales para la expansión de los hongos. Donde hay muerte vegetal masiva, los descomponedores encuentran un banquete perfecto.
Los investigadores sospechan que los hongos actuaron como un “termómetro biológico” del colapso planetario, creciendo precisamente cuando el clima alcanzaba sus momentos más críticos.
El invierno de impacto creó el escenario perfecto para los descomponedores
El asteroide Chicxulub impactó contra la Tierra y desencadenó incendios globales, tsunamis gigantescos y una nube de polvo que bloqueó la luz solar. La energía liberada equivalió a miles de millones de bombas atómicas.
El invierno de impacto paralizó la fotosíntesis y dejó enormes cantidades de materia orgánica en descomposición. Bosques enteros murieron en muy poco tiempo.
Tras el impacto se produjo un segundo pico fúngico todavía más intenso que el anterior. Los investigadores sostienen que el fenómeno probablemente fue global.
La nueva hipótesis transforma el apocalipsis dinosauriano en un prolongado proceso de decadencia ecológica dominado por hongos. Durante un tiempo, la Tierra pudo haber quedado cubierta por redes invisibles de descomposición.
El fin de los dinosaurios no habría sido solo un instante de destrucción, sino una larga transición ecológica donde los ecosistemas terrestres se convirtieron en enormes paisajes de materia muerta y oscuridad.
Los hongos podrían explicar cómo la vida logró recuperarse
Los investigadores recuerdan que los hongos desempeñaron un papel esencial reciclando la inmensa cantidad de materia orgánica acumulada tras la catástrofe. Sin ellos, la recuperación ecológica habría sido mucho más difícil.
La expansión de los hongos pudo facilitar posteriormente el auge evolutivo de mamíferos, aves y plantas modernas. Mientras los grandes reptiles desaparecían, otros organismos encontraron nuevas oportunidades.
El estudio advierte que las grandes alteraciones climáticas suelen ir acompañadas de cambios radicales en el equilibrio biológico del planeta. Y los hongos responden con enorme rapidez a esos colapsos ambientales.
Hace 66 millones de años, los hongos heredaron temporalmente un planeta cubierto de cenizas, oscuridad y bosques muertos. Quizá esa sea la lección más desconcertante del descubrimiento: cuando la vida parece derrumbarse, siempre existen organismos preparados para prosperar entre las ruinas.
Referencias
- Baker, Rosanna P., y Arturo Casadevall. “Fungal proliferation before and after the Cretaceous–Paleogene mass extinction event in North America.” Proceedings of the National Academy of Sciences (2026). https://doi.org/10.1073/pnas.2536899123.
Fuente informativa
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